Maestro integral con una extraordinaria formación y capacidad para transmitirlos conocimientos

Hablar del Colegio Fingoy es traer a la memoria muy gratos recuerdos para muchos alumnos que allí estudiamos. Su profesorado, los compañeros y el compañerismo entre chicas y chicos, el lujo de grupos reducidos por clase, un sistema de enseñanza moderno y atractivo, y la amplitud de conocimientos a los que te daba acceso, lo hicieron verdaderamente inolvidable.

Don Ricardo Carballo Calero fue una institución que marcó una época en el Colegio Fingoy, en el que ejerció como Director, y con el que yo conviví durante 13 años, en jornadas de casi once horas, como alumno del Colegio en mis etapas de niñez y adolescencia, acompañado por un plantel excepcional de profesores de la época y muy queridos para mí.

Hombre de izquierdas (para esa época) y galleguista, imprimió un carácter moderno y avanzado al Colegio Fingoy, por el que pasaron eminentes figuras literarias a lo largo de los años, y fue un importante impulsor del galleguismo y de nuevos métodos experimentales de educación, amparado siempre por Don Antonio Fernández, indiscutible impulsor del Colegio y de tantas cosas en Lugo.

Propició la enseñanza, que él mismo abanderaba, de una cultura integral entre los alumnos: los buenos modales en la mesa, en el comer y en el juego, el aprendizaje y manejo de los instrumentos musicales gallegos y la afición a la danza y a la música gallegas, a nuestra lengua, a la literatura y el teatro -especialmente gallego-, o a la naturaleza, eran algo que acompañaba en el día a día a lo que eran los estudios generales, en muchas ocasiones impartidos por personas de ideas avanzadas, como él mismo.

Antonio López-Acuña en “Pimpinela”.

Antonio López-Acuña en “Pimpinela”.

Dedicado en vida y alma al Colegio (en una zona del cual vivía con su familia), su presencia era constante, al punto de que casi diariamente incluso comía con nosotros en nuestro comedor y en nuestras mesas, rotando cada día por una mesa distinta. Se levantaba, y paseando por el comedor vigilaba las mesas y los comportamientos. Nadie se levantaba de la mesa fuera del orden programado y estaba prohibido gritar. Ya ni se nos ocurría.

Perfeccionista, exigente y con pocas concesiones, por no decir ninguna, en lo atinente a la enseñanza y a sus convicciones sobre ella, era un hombre respetado y a la vez temido por los alumnos, y casi me atrevo a decir que un poco por los profesores, pero a su característica de dureza -y no se malentienda la palabra- había que contraponer las de dedicación y vocación; era un maestro integral con una extraordinaria formación y capacidad para transmitirlos conocimientos. Obligaba a aprender y a entender el sen-tido de lo que se aprendía.

Otra de sus convicciones era que la participación de los alumnos en las actividades era mucho más importante que la competición, sin desdeñar ésta tampoco, pero no era un fin.

Persona con mucho autocontrol, creo que nunca le vi reír, a lo sumo sonreír, aunque sí disfrutar con esporádicas charlas con otros profesores o alumnos en cortos paseos, con paso reposado y apoyado con frecuencia en un bastón que entiendo que no nece-sitaba, pero que le imprimía carácter y manejaba con destreza. Era parco en palabras, pero ilustrado, preciso y buen orador.

Tuve la suerte, al igual que otros niños, de tener momentos de dedicación especial por su parte en la preparación de las “veladas” y de las obras de teatro que represen-tábamos, que él personalmente elegía y dirigía, al formar yo parte del grupo de jóvenes actores más habituales del Colegio en aquella época. “El Círculo de Tiza”, “Catalina Parr o el Caballo de Alejandro” u “Os vellos non deben de namorarse” son ejemplos de obras que representamos a lo largo de los años, tanto en el Centro como fuera de él y ante un público del que en ocasionas formaron parte perso-nalidades literarias tales como Don Ramón Otero Pedrayo, Don José Luís Méndez Ferrín, Don Bernar-dino Graña o Don Avelino Pousa Antelo.

Conservo un recuerdo de admiración hacia Don Ricardo, al que temí en muchos momentos, pero del que aprendí mucho en esos años, reconociendo con el  paso  del  tiempo  que  fue  un  privilegio  tenerle como profesor y como maestro.

Lo expuesto no deja de ser una recapitulación rápida, desde mi perspectiva, sobre mi etapa con Don Ricardo  en  el  Colegio  Fingoy,  y  respecto  del  que puedo decir, como mejor referencia, que allí también envié a estudiar a mis hijos.

Solo añadir que me agrada mucho la idea que contribuye a poner en valor otro proyecto, el del Colegio Fingoy y de las personas que lo impulsaron, y que comparto plenamente.